Hace unos años La Nación titulaba
una nota con la frase: Laura Chinchilla la presidenta peor valorada de América
Latina. Con independencia de los intereses del grupo de Tibás sentí la
curiosidad de saber de dónde salían todas esas estadísticas que un día nos
decían que teníamos a la peor presidenta y otro que éramos el país más feliz
del mundo, siempre sin citar las fuentes. Unos días después conocí el
Latinobarómetro y entendí las razones por las que el Grupo Nación omitía la
fuente.
La Corporación Latinobarómetro es
una ONG sin fines de lucro con sede en Santiago de Chile. Se puede decir que es
apolítica y entre sus patrocinadores no aparece ni la Open Society de Soros ni
la sospechosa USAID. Cada año realizaban alrededor de 20.000 entrevistas en 18
países representando a más de 600 millones de habitantes. Una labor ingente.
La edición en la que Laura
Chinchilla salía tan malparada era la del año 2016 y en esa lista de evaluación
el primer lugar lo ocupaba el presidente de Bolivia, Evo Morales, flanqueando
muy de cerca por Daniel Ortega.
Pero lo más interesante del
Latinobarómetro no era el sencillo "ranking" sino el contenido de las
preguntas que se hacían a los encuestados en todos los países. Eran algo que
iba mucho más allá de los efectos que el marketing electorero puede producir en
el encuestado. Y se podría pensar que la evaluación trascendía a la persona que
ocupaba la presidencia y aludía a la salud democrática del país. Algo que en
estos tiempos de crisis en el sistema representativo que nos mal gobierna, es
mucho decir.
Reconocer en Costa Rica que
Daniel Ortega es de los presidentes con mayor aceptación ciudadana es algo que
saca roncha y contradice ese laborioso trabajo de nuestros medios de retratarlo
como un dictador.
Ese dictador tiene un récord
mundial, o tal vez esa no sea la palabra. Es el único personaje que llegó al
poder en su país a través de una revolución violenta, como lo son todas las
revoluciones, y dejó ese poder de manera pacífica al perder las elecciones de
1990.
Después de ese revés electoral
asumió la dirección de la oposición y perdió tres elecciones consecutivas sin
denunciar por ello un fraude inexistente. Eran tiempos de borrachera neoliberal
dónde las elecciones se ganaban a base de billete, en detrimento de la gente.
Pero no hay mal que cien años
dure como dice el refrán. Durante el gobierno de Enrique Bolaños la FAO estimó
que más del 27% de los nicaragüenses padecían desnutrición y la hambruna no
pudo esconderse en datos estadísticos cuando los campesinos de la rica zona
cafetalera de Matagalpa se apostaron en la interamericana pidiendo de comer a
los viajeros que la transitaban.
El neoliberalismo había tocado
fondo y en las elecciones del 2006 los nicaragüenses votaron por Ortega y el
sandinismo regresó al poder. Desde entonces Ortega ha ganado las tres
elecciones siguientes y ha sacado a Nicaragua de la miseria. La estabilidad
política a pesar de esos reclamos opositores y el crecimiento económico notable
y sostenido le han conseguido el apoyo incluso de sectores económicos que
siempre le adversaron.
En esa situación de bonanza
económica, aumento de los índices de bienestar y un notable apoyo popular a
juzgar por la encuesta chilena, llegamos al 2018. Observar los gráficos de la
encuesta que comparto más abajo nos debería ayudar a pensar por cuenta propia y
a hacernos una composición de ligar propia y no dejarnos llevar por consignas
interesadas. Cualquier persona con unos conocimientos mínimos de política sabe
que una revolución no se puede llevar adelante sin lo que los marxistas llaman
las condiciones objetivas. Estas casi se daban en el 2006 y Ortega aposto por
la carta electoral. Los opositores en el 2018 apostaron por la vía violenta.
¿Pero qué paso?
La oposición política
conservadora hizo una mala lectura del contexto político. Desde los años del
convenio entre Chávez y Ortega por el que se intercambiaba el petróleo
venezolano por la carne de res nicaragüense la UNAG el viejo enemigo del
sandinismo nacido durante la revolución, se convirtió en un aliado interesado
de los sandinistas. Los terratenientes ganaderos hicieron clavos de oro durante
ese periodo y se sentaron a la mesa del sandinismo compartiendo cuotas de poder
y sobre todo negocios. Pero el convenio bolivariano no se renovó en el 2017
porque Venezuela consiguió producir toda la demanda cárnica que necesitaba. A
partir de ese momento el noviazgo interesado de la UNAG se terminó y la
oposición en torno a la familia Chamorro pensó que había llegado el momento de
dar el golpe final que no habían conseguido dar en repetidas elecciones. Esa
desesperación les hizo apostar a una de esas revoluciones de manual que
financian la NED y la USAID a base como siempre de repartir billete dentro y
fuera del país. Y la jugada les salió mal, precisamente porque no se daban
aquellas condiciones, algo que deja bien claro la encuesta chilena.
Es en esas circunstancias donde
se desarrollan los tranques. La ofensiva violenta de los que ni siquiera llegan
al fascismo del país, porque estos son algo residual como residual fue la
presencia de una alocada ultraizquierda universitaria, fracasó. Y lo hizo
porque el apoyo al sandinismo era mayoritario y los hechos estuvieron a punto
de convertirse en una guerra civil.
Los gráficos del Latinobarometro
nos pueden ayudar a comprender esta realidad que los medios locales nos han
escondido de manera interesada. Porque la derecha local, el gran capital
económico de Costa Rica también se jugaba algo muy importante en esta batalla.
Nuestra economía no puede sobrevivir sin el trabajo de los paisas.
Algunas gráficas del Latinobarómetro del 2016 para entender la manipulación de los medios con Nicaragua.








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