martes, 16 de noviembre de 2021

Nicaragua en el Latinobarómetro.

 

Hace unos años La Nación titulaba una nota con la frase: Laura Chinchilla la presidenta peor valorada de América Latina. Con independencia de los intereses del grupo de Tibás sentí la curiosidad de saber de dónde salían todas esas estadísticas que un día nos decían que teníamos a la peor presidenta y otro que éramos el país más feliz del mundo, siempre sin citar las fuentes. Unos días después conocí el Latinobarómetro y entendí las razones por las que el Grupo Nación omitía la fuente.

La Corporación Latinobarómetro es una ONG sin fines de lucro con sede en Santiago de Chile. Se puede decir que es apolítica y entre sus patrocinadores no aparece ni la Open Society de Soros ni la sospechosa USAID. Cada año realizaban alrededor de 20.000 entrevistas en 18 países representando a más de 600 millones de habitantes. Una labor ingente.

La edición en la que Laura Chinchilla salía tan malparada era la del año 2016 y en esa lista de evaluación el primer lugar lo ocupaba el presidente de Bolivia, Evo Morales, flanqueando muy de cerca por Daniel Ortega.

Pero lo más interesante del Latinobarómetro no era el sencillo "ranking" sino el contenido de las preguntas que se hacían a los encuestados en todos los países. Eran algo que iba mucho más allá de los efectos que el marketing electorero puede producir en el encuestado. Y se podría pensar que la evaluación trascendía a la persona que ocupaba la presidencia y aludía a la salud democrática del país. Algo que en estos tiempos de crisis en el sistema representativo que nos mal gobierna, es mucho decir.

Reconocer en Costa Rica que Daniel Ortega es de los presidentes con mayor aceptación ciudadana es algo que saca roncha y contradice ese laborioso trabajo de nuestros medios de retratarlo como un dictador.

Ese dictador tiene un récord mundial, o tal vez esa no sea la palabra. Es el único personaje que llegó al poder en su país a través de una revolución violenta, como lo son todas las revoluciones, y dejó ese poder de manera pacífica al perder las elecciones de 1990.

Después de ese revés electoral asumió la dirección de la oposición y perdió tres elecciones consecutivas sin denunciar por ello un fraude inexistente. Eran tiempos de borrachera neoliberal dónde las elecciones se ganaban a base de billete, en detrimento de la gente.

Pero no hay mal que cien años dure como dice el refrán. Durante el gobierno de Enrique Bolaños la FAO estimó que más del 27% de los nicaragüenses padecían desnutrición y la hambruna no pudo esconderse en datos estadísticos cuando los campesinos de la rica zona cafetalera de Matagalpa se apostaron en la interamericana pidiendo de comer a los viajeros que la transitaban.

El neoliberalismo había tocado fondo y en las elecciones del 2006 los nicaragüenses votaron por Ortega y el sandinismo regresó al poder. Desde entonces Ortega ha ganado las tres elecciones siguientes y ha sacado a Nicaragua de la miseria. La estabilidad política a pesar de esos reclamos opositores y el crecimiento económico notable y sostenido le han conseguido el apoyo incluso de sectores económicos que siempre le adversaron.

En esa situación de bonanza económica, aumento de los índices de bienestar y un notable apoyo popular a juzgar por la encuesta chilena, llegamos al 2018. Observar los gráficos de la encuesta que comparto más abajo nos debería ayudar a pensar por cuenta propia y a hacernos una composición de ligar propia y no dejarnos llevar por consignas interesadas. Cualquier persona con unos conocimientos mínimos de política sabe que una revolución no se puede llevar adelante sin lo que los marxistas llaman las condiciones objetivas. Estas casi se daban en el 2006 y Ortega aposto por la carta electoral. Los opositores en el 2018 apostaron por la vía violenta. ¿Pero qué paso?

La oposición política conservadora hizo una mala lectura del contexto político. Desde los años del convenio entre Chávez y Ortega por el que se intercambiaba el petróleo venezolano por la carne de res nicaragüense la UNAG el viejo enemigo del sandinismo nacido durante la revolución, se convirtió en un aliado interesado de los sandinistas. Los terratenientes ganaderos hicieron clavos de oro durante ese periodo y se sentaron a la mesa del sandinismo compartiendo cuotas de poder y sobre todo negocios. Pero el convenio bolivariano no se renovó en el 2017 porque Venezuela consiguió producir toda la demanda cárnica que necesitaba. A partir de ese momento el noviazgo interesado de la UNAG se terminó y la oposición en torno a la familia Chamorro pensó que había llegado el momento de dar el golpe final que no habían conseguido dar en repetidas elecciones. Esa desesperación les hizo apostar a una de esas revoluciones de manual que financian la NED y la USAID a base como siempre de repartir billete dentro y fuera del país. Y la jugada les salió mal, precisamente porque no se daban aquellas condiciones, algo que deja bien claro la encuesta chilena.

Es en esas circunstancias donde se desarrollan los tranques. La ofensiva violenta de los que ni siquiera llegan al fascismo del país, porque estos son algo residual como residual fue la presencia de una alocada ultraizquierda universitaria, fracasó. Y lo hizo porque el apoyo al sandinismo era mayoritario y los hechos estuvieron a punto de convertirse en una guerra civil.

Los gráficos del Latinobarometro nos pueden ayudar a comprender esta realidad que los medios locales nos han escondido de manera interesada. Porque la derecha local, el gran capital económico de Costa Rica también se jugaba algo muy importante en esta batalla. Nuestra economía no puede sobrevivir sin el trabajo de los paisas.



Algunas gráficas del Latinobarómetro del 2016 para entender la manipulación de los medios con Nicaragua.










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